Maestros

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miércoles, 8 de octubre de 2014

La Nación entrevista a Tute



Esta nota de Loreley Gaffoglio se publicó hace un par de días en el diario La Nación de Buenos Aires. Nos encontraremos no solo con el dibujante talentoso, sino también con el hombre amable, inteligente y sensible. El creador de Batu, -que ha concretado variados proyectos, incluso más allá del humor gráfico- nos deja reflexiones que vale la pena leer.

"El humor gráfico está
 muy emparentado con el psicoanálisis"


Foto: Patricio Pidal/AFV


Tras 15 años de presencia en las páginas de LA NACION, 
el humorista publicó su primera novela gráfica 
y prepara un ciclo de entrevistas para la TV 
Por Loreley Gaffoglio - LA NACION 
Lunes 6 de octubre de 2014


Hay al menos dos fechas iniciáticas en la biografía del humorista gráfico Juan Matías Loiseau, más conocido como Tute: agosto de 1999, cuando su poesía en viñetas, tan elíptica como escrutadora de la existencia, se insinuó en las páginas de LA NACION y selló el arrobamiento de sus lectores, y el 9 de mayo de 2012. Entonces, Tute debió aprender a convivir con la ausencia de una presencia. La de su mentor y cómplice intelectual, el recordado Caloi. 
El padre historietista estimuló en el hijo la sensibilidad, la agudeza en la observación, la reverencia ante los detalles ínfimos, la bonhomía, también en el trazo desprejuiciado, y esa seguridad con la cual Tute asume que "todo siempre es posible". 
Poeta, cineasta, compositor de tangos y de otros géneros, su universo creativo es un océano vasto para su expresión. A sus 12 libros de humor, Tute (40) acaba de sumar su primera novela gráfica: Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más (Sudamericana), un libro de una sutileza exquisita que explora lo absurdo de la existencia, los meandros del amor. Pero el mes próximo, su personaje más popular, Batu, dará el gran salto a la TV, en micros infantiles para Paka Paka. Mientras tanto, el inquieto Tute define otro estreno para la TV con un novedoso formato de entrevistas gráficas. 


Mi combustible creativo es poder expresarme. Puedo prescindir de dibujar, pero jamás de contar historias, ya sea en un poema, en una película, en una canción, o en una historieta. Necesito hacer algo con lo que observo, con los lugares insólitos donde me detengo, ya que uno empieza siempre por el mismo lugar: como observador. Se me pueden pasar elefantes por delante, pero es lo mínimo lo que despierta mi percepción. Recién después surge la necesidad de hacer algo con eso que observé, que nunca es azaroso. Creo que por algo uno observa lo que observa, y eso también genera una proyección en uno mismo.

Mi sensibilidad es genética y ha sido también estimulada. De chico, mi vieja nos mandaba a su taller, donde aprendíamos desde cerámica hasta grabado. En mi casa la posibilidad de expresión estaba en todas partes. Leí en un libro que me hizo mi madre que a los cuatro años, tirado en el piso, observando debajo de un mueble, callé a todo el mundo y les dije: "Silencio, que las pelusas duermen". 

La mía fue una vocación heredada. Siempre supe que iba a ser dibujante. Me encantaba lo que hacía mi viejo. Para mí, trabajar era dibujar, y yo veía el éxito que él tenía: todo el mundo le pedía un dibujo, todos lo querían. Venían mis ídolos, Carozo y Narizota, a hacerle notas. Y él fue muy piola, nunca me enseñó a dibujar, nunca dijo: "Esto está mal, se hace así". Daba muchas libertades y arengaba: "Dale para adelante". Y facilitaba las herramientas. Me forjó en un pensamiento positivo; todo era posible. Ése es hoy mi gran capital y así me muevo: puedo hacer un disco o un libro de poemas. 

Siempre plagiaba a mi viejo. De chico, me pedían tantos Clemente. Un día empecé a hacerlos yo, los firmaba Caloi y los cambiaba por figuritas. 

La presión de la ocurrencia existe. La inspiración puede asomar en cinco minutos, o podés estar peleando todo un día con una idea torpe. Pero el humor gráfico termina siendo mitad arte y mitad oficio. Si tenés que publicar en un diario, muchas veces tenés que apelar al oficio más que a la inspiración. 

Lo que más he producido son chistes vinculados con la pareja. Es un desvelo que en mí no decae. Es el mejor tema para el humor y lo que más me interesa, porque el amor es el gran motor de la vida. 

Borges y Freud son mis grandes influencias. Borges es el escritor perfecto, la curiosidad innata. Y Freud, un tipo fascinante que descifró muchos códigos de la existencia. A ellos recurro. La técnica del psicoanálisis está muy emparentada con el humor: dónde pone el ojo el observador, ese moverse en la periferia de lo que se dice. El humor juega con esos disfraces, también con la poesía y con la síntesis. 

Me gusta la intimidad que establece un dibujo, pero no el diario íntimo. Propongo espejos, expreso lo que necesito para que eso mismo se convierta en espejos para la gente, pero no en traductores de mi alma o de lo que me pasa. Semejante exposición me daría vértigo. Sólo propongo cosas y cada uno las verá de diferentes maneras. Mis dibujos pueden hilvanar una sutil biografía, pero nunca serán una autobiografía. Siempre estará la ambigüedad.

Tengo una personalidad dual. Son como dos partes antagónicas que coexisten en armonía. Está esa parte ansiosa que quiere todo ya y la otra, que es lo opuesto. Me encanta trabajar solo, en silencio, pero necesito del contacto social. Tengo una parte volada con mucho arrojo y otra que pide tierra firme y seguridad. Y eso se repite en mi trabajo. Hay un Tute pensante, que necesita del silencio, como en las tiras diarias, y hay otro Tute lanzado al vacío, el de la novela y de los cuadros dominicales, que trabaja con el inconsciente, el gran motor del humor. Utilizo lo que los psicoanalistas llaman atención flotante: lo que se supone que hace el analista mientras el paciente habla, no presta atención a lo que se dice sino a las asociaciones.

Creo que no voy a poder superar nunca la muerte de mi viejo. Reaparece todo el tiempo: en mi mano que dibuja, en mis hermanos, y puedo tener una conexión poética con él. Lo siento cada vez que me siento a laburar en su sillón. Es una ausencia crónica, como un dolor. Pero también es una nueva relación: el acompañamiento de esa ausencia, eso de decirme a mí mismo: "¿Cómo me relaciono con mi viejo ahora que no está?". No quiero pensar: "Ya está, no hay más nada". Lo sigo percibiendo y cuando no lo hago siento culpa. 

Aprendí muchísimo a partir de la muerte de mi viejo. De los golpes, de la empatía y la compasión con el otro, de disfrutar de las pequeñas cosas. Son todos lugares comunes, ya sé, pero yo los aprendí recién ahí.

Para él: Siento el vacío/ ya no vuelo/ ya no sudan mis manos/ no canto sobre los discos/ cuando ando en auto solo manejo/ y camino al caminar/ no miro la luna y ni sueño al soñar/ dice que pasa/ que todo volverá a su lugar/ que las olas rompen siempre/ que es ancho el mar/ y no sé qué duele más/ si una ausencia que se queda o empezar a olvidar. 

Juan Matías Loiseau, 1974 - Hijo de Caloi, Quino lo señaló como "el mejor dibujante de humor gráfico argentino". Publica desde 1999 en LA NACION y LA NACION revista. Es el creador de Batu, personaje que llegó al cine y la televisión. Lleva editados más de una decena de libros y acaba de sacar Dios, el hombre, el amor y dos o tres cosas más, su primera novela gráfica, que supuso la aventura de dibujar sin un boceto o idea previa. "Ese popurrí de ideas locas construye esta antinovela: un capricho gráfico", dice.. 




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