Maestros

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lunes, 23 de noviembre de 2015

Dos (muy) recientes notas a Liniers



El primer artículo pertenece al diario La Nación y fue publicado a principios de este mes. Está referido a la presentación del segundo y gigantesco tomo de Macanudo Universal
El segundo es el habitual reportaje -"En Terapia"- de José Eduardo Abadi para la revista Viva (en este caso, de ayer domingo 22).


El dibujante, durante la presentación. Foto:Santiago Filipuzzi 


UN universo no alcanza
 para contener a Macanudo
por Natalia Blanc LA NACION JUEVES 05 DE NOVIEMBRE DE 2015 


Liniers presentó el segundo volumen de Macanudo Universal, que reúne en "un libro grandote, hermoso y caro" -según explicó su creador- las tiras publicadas cada día en el diario



Liniers presentó ayer en la librería El Ateneo Grand Splendid su libro Macanudo Universal 2, que reúne las tiras de su entrañable personaje publicadas en Macanudo 6 al 10. 
De tapa dura y grandes dimensiones, es un libro objeto para leer, mirar y coleccionar. En 500 páginas le ofrece a los lectores lindas sorpresas como un poster desplegable con los personajes, historietas inéditas y fotos curiosas de tatuajes de Enriqueta, el gato Fellini y el monstruo Olga, enviadas por sus fans. 
"Quisimos hacer un libro grandote, hermoso y caro", dijo Liniers en el inicio de la presentación, que consistió en una entretenida charla de más de una hora con el público, cara a cara, sin intermediarios. 
Micrófono en mano y de excelente humor, el dibujante contó que este segundo volumen fue publicado por La Editorial Común, el sello independiente especializado en humor y novela gráfica que fundó con su mujer, Angie. 
El desafío, entonces, era alcanzar el nivel del primer Macanudo Universal, que editó De la Flor hace un tiempo. Con una gran sonrisa y mirada de satisfacción, Liniers dijo que están felices porque superaron el objetivo. "Ya somos una editorial madura", remató. Y es cierto: al recorrer las páginas se advierte el cuidado y arduo trabajo detrás de este enorme proyecto. 
Dedicado a sus hijas, Matilda, Clementina y Emma ("mis tres colores primarios"), el libro tiene prólogo de René Pérez Joglar, el cantante de Calle 13. También, selfies de Liniers con los dibujantes que admira: Art Spiegelman, Matt Groening, Quino, Alberto Montt son algunos de los 122 retratados. 



Liniers, explicando la génesis de su alter ego conejil


En la charla, el ilustrador habló de sus influencias en el género y contó que comenzó a dibujarse a sí mismo como un conejo inspirado en dibujos de Spiegelman y Groening:
"Tomé las orejas de un personaje de Groening anterior a Los Simpson y parte de la cara de un ratón de Maus, de Spiegelman, le puse anteojos y listo", reveló entre risas. 
Hubo muchas otras anécdotas. Como, por ejemplo, sus inicios en un medio gráfico con la tira Bonjour y el nacimiento de Macanudo, que publica todos los días en La Nación:
"Quería hacer un personaje optimista porque estábamos en una época oscura del país (2002), en plena crisis, y también quería rebelarme contra el humor fácil, ese que se burla del otro y se hace el canchero. Así nació Macanudo". 
Cuando comenzaron las preguntas del público, un chico quiso saber con cuál de sus personajes le gustaría trabajar:
"Con Olga seguro que no porque es un bicho peludo que sólo dice Olga, Olga". 
Después de la charla, Liniers firmó ejemplares del libro. Uno por uno: dibujo y dedicatoria especial para cada lector. Y selfie, claro.



"LA FAMA es una enfermedad, 
pero todos quieren tenerla"
 Clarin.com • Viva • 22/11/15

En Terapia con José Eduardo Abadi

Fotos de Ariel Grinberg

Un creador: De pibe más que tímido a protagonista de la escena, se volvió notorio como dibujante, con su tira Macanudo. De allí saltó a pararse frente al público junto con Kevin Johansen. Superó inhibiciones, fundó una editorial y ahora está convencido de que hará todo lo que disfruta. 




Te conocen como Liniers, el dibujante, pero te volcaste hacia más campos. ¿Cómo definirías a qué te dedicás? 
Siempre traté de no definirme porque si digo dibujante, me pregunto si no puedo ser nada más. Diría que soy alguien que trata de hacer lo que le gusta. Dentro de ese marco sí me defino, y subrayo el “trata”. A veces, sale; otras, no. 

Inventás situaciones y las trasladás a distintas formas de expresión. ¿Cómo llegaste a esta tarea? 
Es raro. En algunos momentos hay quienes te van proponiendo el trabajo que tenés que hacer. A veces, en cambio, procedés por intuición. Sobre todo cuando te gustan las historietas.

¿Desde chiquito te gustan?
Claro. Yo empecé a leer con Mafalda. Siempre subrayo que no hay que subestimar los libros que se les da a los chicos. Los libros de grandes y los libros de chicos son iguales: hay buenos y porquerías. Mafalda no te enseña a portarte bien, sino a cuestionar.

El cuestionamiento que surge de la pregunta.
Y los porqués. No debería acabarse la edad de los porqués. No estamos mucho acá, no creo que venga alguien y diga: “Listo, ya sé todo. Se acabó el porqué ”.

Tu trabajo tiene la curiosidad, la sorpresa y lo inédito. 
Yo me siento a dibujar la tira para ver qué va a salir. Yo no sé con qué me voy a encontrar y qué se me va a ocurrir: me entero cuando me siento a dibujar.

Te sorprendés con lo que aparece. 
Arranca así. Me aburre si algo de lo que aparece en esa tira no me toma de sorpresa. No me divierte hacer el trabajo físico de dibujar. Tenemos la idea de que es un ratito, diez minutos o media hora, pero después estás dibujando tres horas la tira; horas en la que no ves nada raro. Y no es que toda la tira tiene que ser increíble, pero algún factor tiene que llevar a decir: “Esto es raro, no se me había ocurrido. Lo voy a dibujar”. 

¿Surge mientras lo dibujás? 
Sí. Con el lápiz tiro pruebas con algún personaje. Si ves que ese personaje ese día no está muy generoso, vas para otro lado. Puede pasar que encendés la tevé, ves algo feo y querés contarlo. Otras veces, hago chistes para que la gente no se enoje tanto conmigo. 

Tu método consiste en que la mano, al principio, va siendo dirigida por el dibujo. Y, de repente, éste se te impone y va dirigiendo a tu mano. 
Y así se arma mucho de lo que hago. Eso es lo que le da funcionamiento a la tira. Hay muchos personajes que van apareciendo y, de entrada, no sé qué son. Los voy haciendo, pero no sé si durarán dos tiras o siempre.

¿Te llevás bien con los personajes? 
Sí. Hice el intento de dibujar políticos en Macanudo, que están en mi libro Macanudo Universal 2, que acabo de publicar. En 2002, aproximadamente, había hecho una serie de tiras con los políticos como niños: estaban De la Rúa, Menem, Duhalde y más y no se hacían cargo de que habían roto una lámpara. Descubrí que me caen mal hasta de niños y que no los quiero dibujar más (risas). Hay humor político enMacanudo, pero no está apuntado a nadie. 

Es una posición frente a la política. 
Sí. Hay muchas cosas puntuales en las que querés marcar posición y lo hacés en la tira. Pero no me interesa hacer chistes de los políticos. No me interesa votar por ellos, imaginate.

A Mafalda la tomás como motivo de inspiración y como descubrimiento profesional. ¿Tenés otro referente? 
Mafalda te hace ser mejor persona. Quino está, para mí, en el mismo lugar que Chaplin o que Lennon. Son tipos que no te van a volver más culto si los leés o los escuchás, pero sí vas a ser un 0,7 por ciento mejor. Ellos, además de hacerte bailar, te dicen que se puede cambiar el mundo con el arte. Es pretencioso: no creo que se pueda cambiar el mundo, pero sí un granito. Los que sí cambiaron el mundo fueron The Beatles: hicieron que el planeta pensara de una manera cosas que ya se sabían. Lo dijeron igual, pero nos hacían bailar. El arte va por otro lado. Para que algo sea interesante, tenés que romper algunas reglas: si las seguís, sos un bodrio. 

¿Tu familia tenía este código? 
Tuve mucha suerte. Mi vieja fue de todo: hubo una época en que pintaba cuadritos, también escribió cuentos que publicaba en una editorial de libros. Cuando los leés, se entiende todo y decís: “Ahora entiendo la locura de este otro”. Mi viejo es abogado. Era un tanto conservador en cuanto al estudio. 

La famosa seguridad... 
De algo tenés que vivir. Yo empecé estudiando Derecho, pero no me gustaba. 

¿Y eras consciente de eso? 
Sí. Pero era malo para Matemáticas, la sangre me da impresión y en mi cabeza quedaban dos o tres carreras más. Las historietas estaban muy lejos de la cabeza de mis padres, obviamente. 

¿De la tuya también? 
Siempre dibujé en el colegio, pero no se me hubiese pasado nunca por la cabeza que podía estar acá. Quino y Fontanarrosa eran como abstracciones, no eran seres humanos. Estos dibujos existían por sí mismos. No se me pasaba por la cabeza que uno podía sentarse y trabajar de eso. Mis viejos, por un lado, me daban esa cosa de que tenía que vivir y tener una carrera normal. Y, por otro lado, se obsesionaban con la cultura y con el arte. Esa obsesión por la cultura se coló en mi vida. 

¿Eras un pibe de tener muchos amigos y de compartir historietas?
 Era hipertímido, muy antisocial: me sentaba a dibujar en el colegio cuando todos los chicos jugaban al fútbol o a la mancha. Yo era muy malo con el fútbol. 

Había un refugio. 
Exactamente, eso está en común en casi todos los dibujantes. 

Tenías pocos amigos íntimos.
Siempre había tres o cuatro aparatos conmigo y, juntos, dibujábamos. Seguíamos mucho a Steven Spielberg. 





¿Cuándo se disolvió esa timidez?
Creo que en el transcurso de los 20 años. Cuando yo empecé a publicar en Página/12 me daba mucha vergüenza porque me cruzaba con tipos que yo leía en los libros. Iba medio aterrorizado y me sentía como un bicho raro . 

A prueba.
Exactamente. Pero me obligaba a bajar la pared. Lo mismo pasó cuando publiqué Macanudo. No podía ser que, por timidez, no presentara libros e hiciera una carrera de historietista. Después, mi amigo Kevin Johansen me dijo: “Subite al escenario, va a ser divertido”. Yo, de nuevo, subí medio tímido... y ahí se fue todo a la mierda. (risas) 

¿Qué edad tenías? 
Lo de Kevin empezó a mis 30 y poquito más. Comencé hace seis o siete años. Es muy lindo sacarse de encima la timidez.

¿Cómo surgió Macanudo? 
Había hecho una tira en Página/12 que se llamaba Bonjour. Tal vez, lo más cerca de lo que hacía yo es lo de Miguel Rep. No quería hacer un personaje y quedarme atado a él, ni quedarme atado a un sólo tipo de humor. Esa es la frustración de los dibujantes de personajes. Uno diría: “Te cansaste de Mafalda”. Y no: creo que se cansó del humor deMafalda. 

¿A qué edad te casaste?
 Me casé con Angie a los 27.

¿Tu primera novia? 
Sí. Bah, mentira. Me rompieron el corazón un par de veces y, después, sí. Eso es obligatorio para cualquier artista. 

Para cualquier ser humano. 
Sí. Pero no hay nada más siniestro que un ganador (risas). Eramos novios desde hacía tiempo, nos casamos y ahora tenemos tres hijas. Es la compañera perfecta: estaba ahí, hecha a medida. 

¿Cuál es la edad de tus hijas? 
Tienen 7, 5 y 2. 

¿Se involucran con tus dibujos? 
Sí, y viceversa: les robo mucho. Porque tener tres chiquitas de esas edades es como vivir con Chaplin, con Luis Buñuel y con Buster Keaton, que son genios de la comedia, del surrealismo y de la belleza. Es toda una pequeña obra de teatro constante alrededor tuyo. 



 


¿Vos te llevás bien con el éxito? 
Todas las partes de la vida en las que me haya ido bien me encantan. La más pavota de todas es ser famoso. Si pudiese evitar ser famoso y tener todo lo demás... Me parece una de las cosas más sobrevaloradas que hay. Es como una enfermedad, pero todos quieren tenerla. 

Qué presente que está tu espíritu de vida: buscar, hacer movimiento.
Y sí. Por ejemplo, tenemos una editorial con mi mujer. Yo publicaba con De la Flor y sentía que había llegado al Barcelona porque ahí estaban Fontanarrosa, Quino y muchos más. Después, con Angie empecé a viajar con las historietas y empecé a ver algo que me daba una sensación muy siniestra: muchos autores argentinos publican sus libros en Europa. Tipos que son admirados y famosos en Europa, que los mencionás acá y no los conoce nadie. Cuando vimos esto, con Angie dijimos que íbamos a tratar de hacer una editorial: Editorial Común. 

¿Una situación traumática tuya? 
Esa timidez que fue mi enemigo. Lo que te va cagando la vida sin darte cuenta. Por ahí pensaba que todo el mundo era igual. Me acuerdo perfecto del primer día de clase de primer grado: llegué a un patio enorme lleno de chicos. Los miraba y estaba seguro de que todos sabían qué tenían que hacer, todos menos yo.

Pasó el tiempo y hacés lo que querés. ¿Hay un deseo pendiente?
Mi techo era un laburo en un diario: así tenía guita todos los meses y les podía decir a mis viejos: “¡Ves que trabajo!”. Laburo en un diario, publiqué en De La Flor y conocí a Quino: las tres cosas que quería. Me dabas eso y firmaba con el Diablo. Lo que aparece, lo agarro y lo disfruto, como los recitales con Kevin Johansen. Nos hicimos amigos, pero eran dos mundos que no se tocaban. Kevin me inivitó al escenario. Lo hice: subí, como diciendo “prefiero fracasar públicamente y humillarme en vivo ante miles de personas, que quedarme en casa pensando en qué hubiese pasado”. Me divierto en los recitales, me hago el payaso y tengo humor autodestructivo.

Como Woody Allen...
Sí, bailaba, haciéndome el payaso, en el escenario, y pensaba que Quino no hacía eso. ¿No se supone que debía ser serio? Y pensé que no me senté a dibujar para ser Quino. Si disfruto de algo, lo hago. 

Exactamente. Además, sos vos.
Ahí aflojé y seguí bailando. 

















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